Señoras y señores del jurado: llegó el día de decidir.

Después de semanas de escuchar a tantos testigos inventados, de tolerar con paciencia las explicaciones de quienes se dicen expertos y de indignarse ante las acusaciones absurdas del fiscal, finalmente llegó el momento para el que todos ustedes fueron convocados.

En ustedes descansa una enorme responsabilidad: decidir sobre la vida de un hombre. La libertad y el bienestar del acusado están en sus manos. Y sí, también los de su familia. Aquí han estado todos los días su esposa y sus hijos, en primera fila, esperando el veredicto que determinará su destino. Un destino que, en justicia, solo puede ser uno: inocente.

Durante todo este tiempo escucharon al fiscal intentar convencerlos de su propia versión. Aseguró que la obra era perfecta. Que fue construida a marchas forzadas. Que los contratos se asignaron a los mismos de siempre, sin concurso y con una prisa sospechosa. Les dijo una y otra vez que los materiales eran de la mejor calidad, pero todos pudimos ver que justo ahí, en el lugar del accidente, en la curva más peligrosa, los durmientes no eran más que maderas viejas y podridas. Y de las máquinas y vagones, ni qué decir: todos vieron las evidencias de los proveedores, quienes admitieron en repetidas ocasiones que se trataba de material con más de cincuenta años de uso, desechado por compañías extranjeras que lo exprimieron hasta que dejó de servir y nos lo enviaron como si fuera desecho.

Los quisieron convencer de que todo funcionaba excepcionalmente, pero nadie pudo decir dónde estaban las bitácoras de mantenimiento. Las autoridades encargadas contestaron como lo hacen siempre: que después de una «búsqueda exhaustiva» en sus archivos, quedaba confirmado que las bitácoras no existen. Así es: en ningún lado se pudo ver evidencia del mantenimiento más básico. Lo que sí tuvimos son los reportes de los técnicos de campo exigiendo muchas veces reforzar las curvas y terraplenes. ¿Dónde? Claro, justo en el lugar del accidente. Lo que también hubo fue evidencia de que la palanca de emergencia, esa que ayuda a frenar de manera súbita, simplemente no estaba habilitada. ♠

Nos dijeron que no había información, pero, de pronto, en solo unos días, lo sabían todo. Que no son los contratos, ni la falta de mantenimiento, ni la opacidad del proceso, ni siquiera los durmientes o el equipo obsoleto. No. Aunque demostraron no saber nada de nada, pretenden hacerles creer la respuesta más fácil, esa que ahorra a nuestras autoridades tantas explicaciones: que fue el maquinista. Hasta les dijeron que su licencia de conducción había vencido, cuando ellos han sido siempre los responsables de actualizarla y no les importó hacerlo.

Por si fuera poco, les advirtieron que no habría más datos, que ni siquiera los buscaran, pues los archivos fueron declarados de «seguridad nacional». No se dejen engañar. Lo único que pueden concluir de todo esto es que de «seguridad» no hay nada y que, más que nacional, el tema es de seguridad «personal». Están tratando de ocultarles la información para que no puedan conocer a los verdaderos responsables. Esos que se beneficiaron de los contratos y nos engañaron a todos; esos que abusan de sus puestos para enriquecerse y luego se cubren las espaldas unos a otros. Le quieren echar todas las pulgas al perro más flaco.

Y para sostener esta cortina de humo, lanzan la peor de las mentiras: culpar de la tragedia al más débil, al que menos culpa tiene. Al hombre al que le niegan la información que le permitiría defenderse; de quien han abusado durante años con turnos eternos y condiciones de trabajo inhumanas. Ahora sí se acuerdan de él. Esto no puede llamarse sino injusticia.

Hoy es el día de hacer que los verdaderos culpables respondan por sus actos, por su corrupción y por su cinismo. Porque si se niegan a ver la verdad hoy, la tragedia se repetirá.

Véanlo ustedes mismos: el fiscal sonríe y acomoda sus papeles exactamente igual que al principio. El mazo del juez golpea la mesa para marcar un nuevo inicio de la sesión. Ustedes se acomodan en sus asientos, esperando a que yo hable. El maquinista los mira con el mismo terror. Este sistema no está diseñado para hacer justicia, sino para agotarnos en un ciclo que protege siempre a los mismos.

Estamos listos. Solo permítanme acomodar un poco estos papeles. Ahora sí: «Señoras y señores del jurado: llegó el día de decidir».