Verona

Julieta despertó de su sueño envuelta en una niebla espesa. El religioso le había advertido que la bebida era fuerte y que su efecto tardaría en pasar, siempre que no la mezclara con vino. Romeo no había tenido tanta suerte. Pero bueno, era un chico lindo e impulsivo. Dejó que se desvaneciera el mareo antes de levantarse. Junto a ella, él yacía inmóvil. A la joven esposa le había resultado difícil convencerlo de contratar la póliza a su nombre, pero valió la pena. Se sacudió el polvo del vestido, miró con ternura ese rostro casi infantil en el piso, ahora más relajado y casi sonriente, y caminó hacia donde ya la esperaba el carruaje que la llevaría a su nueva aventura, esta vez en Nápoles.

Ítaca

Odiseo abrió con cuidado la puerta de la habitación en la que, tras veinte años de espera, por fin había pasado una noche con su esposa. Antes de salir, se volvió hacia la cama y sonrió al verla feliz. Reconoció que seguía siendo hermosa. En silencio para no despertarla, cerró la puerta y caminó hasta el salón donde se guardaba el cofre. Al menos los pretendientes de su mujer habían tenido el buen gusto de seguir cobrando los impuestos en Ítaca. Se los agradecía de corazón, aunque de seguro ellos no lo habían hecho por su rey. Sin detenerse a pensarlo y con el tesoro a cuestas, dio un último adiós a su tierra y apuró el paso hacia el barco que lo esperaba para llevarlo de vuelta con su amada Circe.

Lacio

Cada noche, Sabina permanecía despierta junto a su ventana, convencida de que en cualquier momento sus esposos, padres y hermanos vendrían por ella y sus hermanas, y castigarían a quienes las arrancaron por la fuerza de sus hogares. Esos brutos que apestaban a estiércol por fin enfrentarían al destino por haberles negado el amor de su gente. Los años pasaron y el camino siguió vacío. Con el tiempo, ella dejó de mirar, aunque cuentan los que saben que, en las noches más silenciosas del Lacio, aún se pueden oír tambores lejanos y los rumores de risas que llegan desde el país de los sabinos.

Venecia

El moro estaba preparado para dar sus últimos pasos hacia el patíbulo. Le dolía admitir que, a pesar de haber ganado mil batallas para Venecia, había caído en la trampa más torpe. Frente a él, divertida como una niña, la joven Desdémona ni siquiera tuvo la decencia de fingir su muerte unos días más; ahí estaba ella, sentada en primera fila, agitando un pañuelo blanco. Estaba lista para presenciar la muerte de quien nunca entendió que un hijo de África jamás viviría para ver la gloria en Italia.

Nueva York, en el futuro

Las luces brotaban de pequeños orificios repartidos por el departamento y daban forma a la imagen de una mujer joven, sensual y de modales agradables. Él la había elegido entre varios modelos del catálogo y estaba orgulloso de su selección. Por las tardes, apenas podía esperar para salir corriendo de la oficina y escuchar una y otra vez las frases provocativas que él mismo había programado en sus delicados circuitos. Todo era perfecto y ella solo vivía para él. Era el amor verdadero que no había encontrado con nadie más. Lo que nunca imaginó el enamorado fue que, tras el laberinto de cables que recorrían las paredes, aquella máquina prodigiosa —su media naranja electrónica— mantenía a escondidas un romance de alto voltaje con el refrigerador.