La noche sin luna era un pozo de tinta. Bajo la luz cansada de las viejas farolas del centro, el inspector Garay apenas podía ver más allá de su nariz.

El detective se dirigió hacia el Bar Antonio. Ahí lo esperaba Claudia, una joven vivaracha que antes fue mesera y ahora le vendía información por dinero. Le había prometido detalles sobre «El Carnicero del Barrio Chino», como ya lo llamaba la prensa sensacionalista. Garay hubiera preferido quedarse en su oficina, con una buena copa de brandy para calentarse las manos, pero la muchacha sonaba asustada: «Esta noche puede ser la última». No podía ignorarlo.

Eligió la puerta trasera para salir de su edificio; una precaución probablemente innecesaria a esa hora y con ese clima —pensó—, pero tan enraizada que era difícil de cambiar. Levantó las solapas de la gabardina y aceleró el paso para cruzar las calles desiertas del Barrio Chino. El aire olía a metal, a lluvia inminente y a miedo.

Mientras caminaba, volteaba a derecha e izquierda, suspicaz de las sombras que vivían en esos rincones. No podía dejar de pensar en los detalles del caso. Cuatro víctimas, todas mujeres. Un mismo corte limpio en la garganta. Sin huellas. Sin motivo. Un asesino invisible, preciso como un relojero. Algunos decían que era un cirujano. Otros, que era un policía. Normalmente, nunca hacía caso a rumores, pero esta posibilidad lo tenía inquieto.

Apuró el paso. Al llegar a la calle de López, se detuvo en seco cuando las primeras gotas de lluvia le clavaron agujas heladas en la cara. Estuvo a punto de regresar, pero decidió seguir, sin saber que al dar vuelta a la esquina lo esperaba algo que cambiaría todo.

Al girar, lo recibió el zumbido de un poste eléctrico y el olor rancio de un basurero. No había un alma por ningún lado. O eso parecía. El inspector se detuvo frente a la puerta trasera del Bar Antonio. El neón parpadeaba con un zumbido nervioso, proyectando una luz extraña sobre los charcos.

Golpeó una vez. Nadie respondió. Empujó la puerta. El lugar olía a vino rancio y humedad. Las sillas, volteadas sobre las mesas, las mesas con polvo y el piso sucio. Solo el reloj marcaba las once y veinte con su tic-tac obstinado.

Garay avanzó un paso. El suelo crujió. Entonces vio la servilleta húmeda al borde de la barra. Las letras torcidas —como escritas con prisa— decían: «no confíes en nadie del departamento».

Sintió un escalofrío. Guardó la nota en el bolsillo, aún sin saber qué pensar. Sacó un fósforo. La llama se encendió débil, titubeante, y la luz reveló una figura detrás de la barra. El inspector se acercó al hombre dormido ahí o fingiendo estarlo.

—Antonio —dijo el inspector con voz ronca—. Despierte.

El hombre levantó la cabeza. Los párpados pesados, los ojos enrojecidos.

—No la vi llegar, inspector —balbuceó—. Se lo juro por mi madre.

Garay lo observó sin pestañear. El fósforo se extinguió, y por un instante solo quedó la respiración del dueño, espesa, irregular.

—¿Hace cuánto que no abre el bar?

—Desde hace tres días, señor. No viene nadie desde que empezó todo esto.

La voz del hombre temblaba. En la penumbra, Garay sintió que mentía, aunque no supo en qué. El dueño del bar, en efecto, ocultaba algo: la figura alta que siguió a Claudia y que le advirtió, con un gesto, que mantuviera la boca cerrada.

Dejaría el interrogatorio para después. Por ahora, salió por el fondo del local en busca de una pista sobre la muchacha. El haz de luz de un farol rozaba algo en el suelo. Una falda. Un brazo. Un cuerpo.

Claudia.

Estaba sentada contra la pared, la cabeza inclinada, los ojos abiertos y sin brillo. El cuello, una línea oscura y precisa. Garay se quedó inmóvil.

—¿Quién más estuvo aquí? —dijo casi gritando.

Antonio no respondió. Solo miró la puerta, como si temiera que alguien, o algo, estuviera escuchando desde fuera.

Garay lo observó en silencio. No le creyó, aunque tampoco lo culpó. La ciudad tenía su propio código: ver era peligroso. Y hablar, peor. Finalmente, buscó el interruptor.

Afuera, el sonido del agua golpeaba la calle con furia sorda. El inspector miró hacia la puerta y, por un instante, sintió una silueta moverse en la calle. Giró rápido. Nada. Si hubo algo ahí, se desvaneció en un parpadeo. Él incluso pensó que la había imaginado.

Salió de nuevo a la calle. Encendió un cigarrillo y vio el humo subir lento, torcido, dibujando una espiral que parecía perderse en la oscuridad. Había llegado tarde.

En la esquina, una sombra observaba la escena con una paciencia helada. El asesino no lo había elegido al azar. Disfrutaba ese instante previo. La presa, nerviosa, acababa de morder el cebo. La caza apenas comenzaba, y Garay, sin saberlo, ya estaba en el juego. Dentro, en el reloj sonaban las doce campanadas de la medianoche.