—Ahí está.
—Por fin. Ya me estaba temiendo que algo había salido mal con la misión.
—Todavía no es momento de festejar, falta ver si consiguió el paquete. Ni siquiera sabemos si viene en el avión.
—Cierto, aunque se trata de nuestro mejor elemento. Ojalá todos nuestros agentes fueran así.
En el horizonte, un punto oscuro se acercaba hacia la pista. Era el avión, una reliquia de los tiempos del colonialismo soviético, de cuando los amigos en la Madre Rusia aún tenían algunos excedentes para enviar como dádivas al subdesarrollo. Era igual a una de esas viejas camionetas de carga de la era soviética a la que le hubieran atornillado algunos asientos para llevar pasajeros entre las redilas. Treinta años después de la caída del muro de Berlín, solo el ingenio latino suplía la falta de refacciones para mantenerlo en el aire.
El avión inició las maniobras de aproximación. Dio media vuelta alrededor del aeródromo, alineó la ruta y comenzó a reducir la velocidad en su camino a la pista. Una maniobra de rutina. Súbitamente, un fuerte viento cruzado hizo balancear peligrosamente sus alas como un sube y baja meciendo el aparato sobre su eje.
Adentro del avión bamboleante, los pasajeros seguramente imaginaron que este sería su último instante en esta tierra y que el Club Rotario mexicano tendría que prescindir de varios de sus miembros con mayor antigüedad. Sin embargo, el piloto logró controlar el contoneo. Ya estable, continuó con las maniobras de aterrizaje. Abajo, más bajo, más despacio. Casi al momento de tocar tierra, la punta del avión se elevó un poco, el motor rugió y las ruedas cayeron sobre el maltratado pavimento.
Con todo, había sido un aterrizaje exitoso; o al menos eso parecía hasta que una de las ruedas cedió al tocar el piso y el armatoste se ladeó peligrosamente a la derecha. A pesar de los rápidos reflejos del piloto, el ala derecha golpeó con fuerza el suelo y una lluvia de chispas encendió un inesperado fuego en la estructura.
Lo que siguió fue el caos. El ruido del motor, el accidentado tránsito del avión hasta un alto total, los pasajeros desesperados, el ulular de las sirenas de los vehículos de emergencia, el temor a la explosión y el piloto pidiendo a gritos a todos que bajaran a toda prisa. Sin hacer distinción, pasajeros y tripulación comenzaron a huir como pudieron; a empujones, con gritos, asustados.
La mayoría logró escapar ilesa, pero unos pocos, aquellos que tardaron en salir, se enfrentaron a unas llamas más crecidas. Las quemaduras no fueron graves, pero seguramente alguno pasaría unos días de vacaciones en la cama de un hospital cubano.
Cuando la calma llegó y las autoridades pudieron poner orden y ofrecer auxilio, los pasajeros ya se dirigían por su propio pie, entre molestos y asustados, a la terminal.
Entre los afortunados que salieron primero estaba una mujer elegante e impecablemente arreglada a pesar del sobresalto. Se acomodó el vestido con cuidado y, con un gesto encantador, como si no hubiera pasado nada y estuviera dando un paseo por el parque, dijo al resto del grupo que debía ir al baño para lavarse la cara.
En la terminal, la mujer se cruzó con dos hombres parados afuera del café y les regaló una sonrisa amable. Al llegar al baño, sacó con disimulo un pequeño paquete que hizo aparecer de entre sus ropas, lo tiró al basurero del local como quien no quiere la cosa, y siguió adelante.
—¿Ves? —dijo uno de los hombres al otro— Te dije que no habría problema. No tenías que preocuparte de aduanas ni de revisiones. Ahí están ya los documentos. Recuerda mis palabras: esto será el inicio del fin del régimen. ¿Quién podría imaginarlo, verdad?
—Sí, tenías razón. Es la agente perfecta —dijo el otro, mientras los dos veían a la amable señora alejarse platicando animadamente con sus compañeros Rotarios sobre su nueva aventura cubana.
Más tarde, cuando nadie la veía, Esther se deshizo también de la llave de tuercas de la que echó mano para provocar la distracción en el último momento y que no había podido tirar antes.
Tarea a partir de un relato de aventuras de Esther Tirado.~