De profundis clamavi ad te Domine

–Salmo 130 #+end_#+begin_quote

En la oscuridad, el silencio dice mucho del miedo que proyecta esa muchedumbre a tu alrededor. Tu mundo aquí en el fondo se ha convertido en un baile de sombras, tan cruel y lleno de horror como el mismo infierno. Todavía hace unos días eran muchos los que estaban contigo en este estrecho espacio, pero han ido desapareciendo. A este paso, pronto seguirá tu turno; en unos minutos volverá a abrirse el cielo y verás descender la garra, lista para hacer presa de una más de sus desdichadas víctimas. Muchos se han ido. No, se los ha llevado, uno a uno, incapaces de escapar.

Sientes el miedo. Si no fueras un devoto ateo, tal vez en tu mente este lento sufrir podría ser un merecido castigo por tus pecados y en tu cabeza crece la idea de que esto es mejor, que es preferible soñar con la posibilidad de un más allá y no sufrir desde ahora esta certeza del vacío, de la nada. Sin embargo, lo sabes bien, este súbito acto de conversión que podría salvar tu alma y llenarla de tranquilidad, nunca llegará. Simplemente no hay tiempo. Ahí se abre de nuevo la compuerta y encima de sus cabezas aparece de nuevo el horror.

Ante la cegadora luz que lo inunda todo como una cascada, sientes cómo se agita el grupo que se apiña a tu alrededor. Unos a otros se empujan desesperados, con un ritmo cada vez más rápido, cada vez más fuerte; envueltos en un frenesí de angustia, intentan alejarse del artefacto endemoniado y alterar un poco el orden aleatorio de las cosas. Impulsada por su instinto, la masa cobra vida, se agita, te rodea y te atrapa como un animal feroz, poniéndote cada vez más cerca del peligro de ser atrapado sin salvación posible. Sientes cómo te aprietan, te alzan… y entonces todo se detiene por un instante antes del inevitable final.

Es tu turno y lo sientes en las entrañas. De nada te servirá intentar engañar a la suerte. En este último instante no hay sorpresas, pues desde un inicio ya era un secreto a voces: nadie estaría dispuesto a ayudarte ni tomaría tu lugar cuando llegara el momento. Porque llegaría, de eso estabas seguro. No habría forma de escapar. En el aire espeso de tu prisión, la ves venir. Ya está aquí. Inmóvil como estás, ves el aparato que desciende sobre con calma, sin prisa; su languidez contrasta con la precisión mecánica de su rutina de siempre, como si no le importara quién fuera su víctima hoy. Pero esta vez sí importa —y mucho. Ahora eres tú. Gritas, sí, pero tus compañeros no te escuchan. Ya dejaste de existir para ellos. Simplemente bajan la mirada para ocultar la triste alegría de no haber sido ellos los elegidos, al menos esta vez. Lo único que queda ahora es cerrar los ojos y dejarte llevar.

Ya fuera del frasco, lo último que alcanzas a escuchar es el grito:

–¡Mamá! ¡Mamá! ¡Me tocó un dulce rojo!

–Hija, más despacio. Apenas compré el frasco esta semana y ya se van a acabar.

Y con una risa inocente, la niña lo arrojó a su boca. Adentro, el dulce intentó gritar… pero nadie lo escuchó.