—Ya estoy listo, vamos a comenzar con la tarea.

—Adelante, tú empiezas y yo te sigo.

—¿Cómo? Pensé que tú la ibas a hacer. Yo no tengo idea de qué diferencia hay entre misterio y suspenso. Mejor empieza tú, que pusiste atención en clase.

—¿Cuál clase?

—El taller, pues. La verdad es que me distraje un poco cuando el coordinador explicó la diferencia.

—Ah, caray, ¿pues cuándo la explicó? Seguro que yo también estaba dormido. O sería cuando nos escapamos por las memelas.

—Seguro que sí, pero hay que hacer la tarea. Sin tanto suspenso, que hay que acabarla hoy.

—No, de verdad que no la hago de suspenso. Para mí esa diferencia es un misterio. ¡Y con dos metáforas! Esta dichosa tarea de verdad que está en chino. No fue precisamente un regalo. A ver qué sale.

—Bah, no es tan difícil es cosa de echarle imaginación. O echarle rollo, lo que suceda antes. Mira, como estas novelas de detectives en las que hay un cadáver y hay que descubrir al asesino. Llamémosla: «el misterioso caso de las galletas de chocolate desaparecidas». Ya ves que eso de la sangre no me gusta mucho.

—¡Pero eso es policiaco, no de misterio!

—Ahora resulta que ya te acordaste y eres un experto en el tema. ¿Con que no es un misterio? Pues eso ve a decírselo a Agatha Christie. Mira que todas sus novelas se llaman igual y son de detectives. Así que de misterio policíaco.

—Oh, bueno, pues que sea de detectives entonces.

—Perfecto. Ahora hay que ponerle suspenso. Te toca a ti.

—¿A mí? Pero si ibas muy bien.

—Anda, no te hagas pato.

—Está bien ¿qué tal esto?:

El detective se dirigió con paso rápido hacia el Bar Antonio. Allí lo esperaba la Claudia, una golfa de poca monta que le había prometido información sobre el “Misterioso caso de las galletas de chocolate”, como ya lo llamaba la prensa sensacionalista. Garay hubiera preferido quedarse en su oficina, con una buena copa de brandy para quitarse el frío, pero la muchacha sonaba asustada.

Eligió la puerta trasera para salir de su edificio; una precaución probablemente innecesaria a esta hora y con ese clima —pensó—, pero una costumbre tan enraizada es difícil de cambiar. Levantó las solapas de la gabardina y aceleró la marcha para cruzar las calles vacías del Barrio Chino. A estas horas, caminar por ahí era peligroso, sí, pero no tenía opción. Debía llegar. Las sombras en cada rincón lo tenían nervioso; todas misteriosas y cada una un peligro, real o imaginario. Al llegar a la calle de López, se detuvo en seco al sentir las gotas de lluvia que caían como cuchillos fríos en la cara. Estuvo a punto de regresar, pero decidió seguir, sin saber que al dar vuelta a la esquina lo esperaba algo que cambiaría todo.

—Me parece muy bien, hay suspenso. Al menos una gotita en el último renglón. Solo tengo dos observaciones. La primera es: ¿no dijiste que no sabías lo que era el suspenso? Creo que me quieres ver la cara. No parece que estés tomando esto muy en serio. Como sea, es buen comienzo, pero…, y aquí va la segunda observación. No sé cómo decírtelo, bueno, pues así: ¡Eres un descarado! Esa ya la habías escrito antes y ahora quieres hacerme creer que es nueva. ¡Eso que te lo crea tu abuela! No, no va bien. Nada bien. Creo que esta vez pasaremos. Ni modo, no habrá tarea. Así que vamos, te invito un café con galletas. Sí, sí, de chocolate… aunque me temo que si tardamos más desaparecerán también, como la tarea.