Cuando mis hijas eran pequeñas, les compramos un par de libritos sobre monstruos. Uno, que les encantaba, se llama “Manual de monstruos caseros” y habla, con dibujos graciosos y un engendro a la vez –a modo de diccionario–, de seres berrinchudos, perezosos y traviesos. “Tiratecae”, el monstruo de los tropiezos; el que le dice a tu hermana que ponga un carrito en la entrada, para que los papás tropiecen al llegar. La idea era que los pequeños se vieran reflejados ahí y, solo lo supongo, que cayeran en cuenta de que no son conductas aceptables. El otro libro, una cosita francesa sin tanta creatividad pero con dibujos divertidos, está orientado a los más pequeños. “Cosas que dan miedo”, se llama. También a un par de páginas por monstruo, enlistaba criaturas tan espantosas como serpientes, arañas y tiburones. Cada uno era más temible que el anterior, aunque estuvieran imposibilitados para asustar por ser tan lindas caricaturas. Al llegar al último par de páginas, después de preguntarnos en la vuelta anterior cuál sería el que daba más miedo, estaba un espejo: ¡El que más miedo da eres tú!

Estoy seguro de que ninguno de los dos libros les produjo pesadillas. No obstante, las provocaron en mí. Con los años veo que el asunto no es de caricatura, pues contiene tanta verdad. Como en el librito del espejo, el verdadero monstruo es el que no vemos porque lo llevamos dentro. No hay quizá nada que perturbe más nuestra tranquilidad que llevar a cuestas a nuestros demonios, siempre con nosotros, sin modo de escapar. Como lo vio con claridad Freud (y quizá también Sócrates y el Buda Gautama), no es hasta que los volteamos a ver, hasta que se nos presentan tal como son frente a nosotros y nos reconocemos en ellos –como en el diccionario de monstruos– cuando podemos tener alguna esperanza de paz.

Es cierto, el mayor monstruo está dentro de nosotros y lo podemos ver en el espejo si ponemos atención. No basta con afanarnos en lograr el éxito o superar los obstáculos que nos impone la vida. No es suficiente ser más fuerte ni correr más rápido, siempre nos alcanzarán. El verdadero reto, el más difícil, es reconocerlos –reconocernos– y estar en paz con uno mismo. Lo demás solo viene después.