El primer contacto con el agua la estremeció. Era la misma sensación que la seguía desde la primera vez que bajó a la oscuridad; era igual y ese pequeño temblor por el contacto de la piel con el frío se había convertido ya parte de la experiencia. Le gustaba. Esta vez había pasado más tiempo sin volver a este mundo maravilloso y temido que siempre la había atraído. Desde que podía recordar, el mar era su amigo, su amante, su aventura, y desde niña había aprendido a tratar con él. Al menos eso pensaba hasta aquella desafortunada tarde en la que el tiburón atacó a su hermana. No había podido volver desde entonces. La extrañaba. También extrañaba el mar.

Se armó de valor y se sumergió de una buena vez. No tenía caso prolongar la agonía. Como el frío del chapuzón, esperaba dejar atrás el miedo de un golpe. Mientras más rápido, mejor. A las primeras brazadas, sintió el calor de las aguas tropicales. Qué diferencia de aquellas aguas del norte en las que el frío nunca se iba aunque pasara el temblor inicial. También los animales eran distintos aquí. Más pequeños, menos agresivos, acostumbrados a los humanos con tantos cruceros que llegaban a alimentarlos como si fuera un juego. Comenzaría por aquí. Sacó de su saco el pequeño Sacó del saco el pequeño arpón que había ocultado entre las cosas del tour, lejos de la vista de los otros turistas con los que había venido y lo armó. Le costó trabajo hacerlo con el único brazo que le quedaba desde aquella tarde. Sí, empezaría por aquí. Era hora de que el mar le devolviera lo que le quitó.