Celso estaba contento de haber podido tomar unos días para salir con su esposa a esas vacaciones que tanto le había prometido. Lo había intentado varias veces antes, pero vivir es un trabajo de tiempo completo y hay que traer la comida a casa todos los días. Ayudó que ahora los críos eran más independientes, lo que le permitió a la pareja relajarse un poco y escapar de lo cotidiano. Tendrían que llevarles un buen regalo a su regreso.

Aquí estaban ya, en medio del Pacífico Sur, rodeados de aguas de un azul turquesa que parecía irreal, de tan limpias y transparentes. Hasta ahora solo las conocían por referencias y lo que vieron no los decepcionó: nada que ver con ese mar oscuro en el que vivían, donde las corrientes siempre son heladas.

Alrededor del mediodía, uno de los guías les avisó que la comida estaría servida antes de una hora y que habría una sorpresa. «Con que una sorpresa. ¡Qué emoción!», dijo Clara a su marido. «Lo dicho, debimos haber tomado este viaje años antes». En efecto, sin saber de qué se trataba, la pareja se llenó de expectación y, como todos los demás compañeros de viaje, que pronto comenzaron a especular sobre lo que podría ser.

La charla se animó rápidamente. Pronto las voces se mezclaban unas con otras, mientras los viajeros, emocionados, comenzaban a imaginar cada quien una cosa distinta. «¡Tal vez un juego nuevo!», gritó con emoción un pequeñín que viajaba con sus padres. «No, no, seguro es una isla exótica». «Bah, es un platillo exótico». Todos tenían su propia idea de lo que sería una experiencia emocionante. No fue sino hasta que el bullicio disminuyó un poco cuando uno de esos alegres viajeros —un personaje elegante y algo mayor— comenzó a hablar. Todos pusieron atención para escucharlo. Se limpió la garganta, y con voz suave comenzó a narrar una de sus experiencias más emocionantes: un viaje como este, hacía ya muchos años, en el que había nadado entre una manada de criaturas extrañas en el Océano Índico. A estas alturas de la historia, todos guardaban silencio, mitad con miedo y mitad con emoción.

Bueno, casi todos. Clara sintió que se le helaba la sangre ante la idea de estar a merced de animales feroces como los que describió el personaje. «Ah, no Celso. Si es así, nos regresamos a casa inmediatamente». Pero eso solo lo pensó pues, antes de que saliera una palabra de su boca, se contuvo. Recordó que su corpulento marido era lento para nadar, de modo que, si las cosas se ponían feas, simplemente lo empujaría hacia la bestia más cercana y nadaría con todas sus fuerzas hasta un lugar seguro. Por su parte, su esposo, de mejor talante, la tranquilizó. Le aseguró varias veces que no correrían ningún peligro, pues estas cosas las organizan profesionales con mucha experiencia; claro que se divertirían, y tendrían una historia emocionante que contar a su regreso.

Sin que Clara estuviera del todo convencida, el momento finalmente llegó. Sus guías los llevaron al lugar que sería el escenario de su aventura, que no decepcionó: tal como les habían dicho, fueron testigos de un gran espectáculo marino. Llegados al punto, de la nada surgieron quizá una o dos docenas de criaturas salvajes que se dispersaron como una nube por el agua. Era difícil atinar al número exacto; más aún con la agitación y la emoción del momento. Bien pensado, la escena era estremecedora. El propio Celso sintió un escalofrío, aunque no dejó ver su miedo frente a su esposa.

Unos minutos antes, el guía —un mocetón grande y alegre— les había dado instrucciones claras: no acercarse demasiado a ellos, no hacer movimientos bruscos y, sobre todo, mostrar una gran sonrisa al recoger el alimento que seguramente traían con ellos. Especialmente esto último, pues se decía que a esta especie le gustaba ver una gran boca de tiburón llena de dientes por la mañana.

Sí, sorprendente, pero estos animales que conocerían hoy de cerca —los humanos— siempre se veían extrañamente alegres cuando uno se les acercaba con velocidad y las fauces bien abiertas. Era divertido verlos. Primero se quedaban quietos, tiesos como estatuas. Probablemente el brillo de los dientes les llamaba la atención. Luego, abrían los ojos como platos, movían la cabeza de un lado a otro y aleteaban frenéticamente (si es que esas extremidades tan raras se les puede llamar aletas). Era como un baile muy alocado y gracioso. Finalmente, las fieras mostraban que en fondo tenían un espíritu complaciente y desprendido, y soltaban el pescado que traían. Sin esperar un gracias, se echaban a nadar a toda prisa, con esa manera torpe y graciosa que tienen los humanos en el agua, chapoteando de aquí para allá y salpicándolo todo.

Sí, les dijo el guía, ver a toda una manada en este ritual era un espectáculo inolvidable, que valía la pena presenciar al menos una vez en la vida.

Al escuchar esto, Clara sonrió, volteó a ver a su marido con ternura, echó a nadar moviendo rápidamente su aleta caudal —ya sin miedo— y se acercó con sincero apetito al exótico grupo de hombres y mujeres que bajaban del barco para alimentarlos. A fin de cuentas, para eso eran las vacaciones: para probar algo distinto.