El último video de TikTok
La influencer del 1602 estaba haciendo un TikTok sobre “cómo vivir en Nueva York sin pagar la renta”. Justo cuando decía: “La clave es no rendirse”, una sacudida violenta inclinó el edificio y el rostro de Godzilla salió a cuadro.
El video se hizo viral al instante, convirtiendo la frase en un meme global. Los ingresos que generaría pagarían la renta cien veces. Lo malo es que ella ya no estaría ahí para agradecerle al monstruo.
En espera del Apocalipsis
Otro jodido martes. La jodida renta, seis meses, colgando como una cruda eterna. Sacudí el cenicero lleno. Luego, el ruido. No era el cartero. Era algo más grande, algo que hacía temblar la botella sobre la mesa.
Miré por la ventana. Un pie de lagarto del tamaño de una catedral acababa de pisotear el edificio de enfrente. Polvo y ladrillos. Ahora seguía yo. Y pensé: «Al menos, ya no tendré que preocuparme por la jodida renta».
El fin del mundo no estaba tan mal.
Paseo por Nueva York
Desde el ferry, la mancha verde crecía. El rugido llegaba como una onda de calor. Vio al rascacielos doblarse, lento, casi poético. Prefirió pensar en la cena. En el recibo del gas. Era, al fin, solo una forma más de paisaje urbano: efímero y violento. Como siempre en Nueva York. Volteó hacia el agua del río y pensó que quizás tendría que cambiar de planes para mañana. Sería mejor ir de compras a Las Vegas.
Anotación marginal
El escritor sabía que la deuda del inquilino del 1602 era un detalle crucial para la arquitectura de su personaje; el pilar de su miseria. La trama dependía de ello. Fue entonces cuando la verosimilitud del relato se fracturó. Un bramido y un pie colosales irrumpieron en la narrativa. Y de repente, la deuda del 1602 se convirtió en una nota al pie de página, una irrelevancia en el gran giro argumental. La historia ya no trataba sobre la renta. El narrador, entonces, comprendió que no era él quien ajustaba la trama. Era la trama la que lo había ajustado a él.
El balance de los daños
Sentado en la acera, el propietario contemplaba la nube de polvo. Ahí estaba el edificio que levantó su abuelo, la esquina donde conoció a su mujer, la vida que se fue en una tarde gris de otoño.
Miró las caras cubiertas de ceniza, cada una un mundo hecho escombros. Se levantó despacio. Le dio una última ojeada al solar vacío y una sonrisa se dibujó en su rostro. “Qué suerte”, pensó. Por fin pude deshacerme de tanta sanguijuela sin dinero.
Silbando, se dirigió a buscar a su arquitecto. Había una nueva torre de lujo que diseñar.
Al carajo
El tipo del 1602. Renta. Seis meses. Un agujero. En el bolsillo, en la vida. El casero, un buitre. La llamada. Amenaza. El bicho. Grande. Escamas. Verde. Aplasta. Edificio. Gritos. No importa. Renta. Casero. No queda más. Cayó. No murió. Bolsillo. Papel. Doblado. Polvoso. Aviso de desalojo. La firma del buitre. Lo mira. Lo hace pelota. Lo deja caer. Al carajo. La renta. Al carajo. El casero.
Aire. Por fin. Aire.
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Poema en prosa
El azul de la mañana, un brillo en un fragmento de vidrio. Antes del rugido. Antes del cuerpo. Antes de la sombra.
El 1602, una cifra en un recibo. Seis meses, una secuencia de latidos. Luego, el silencio. Un silencio roto solo por la fuga de lo que fue.
La renta: una palabra que ahora flota, desprovista de su peso, en el aire denso de polvo y asombro. Un poema incomprensible.
El solar vacío es la forma más pura del no-alquiler.
Rayuela en la azotea
Andaba Horacio, como siempre, esquivando las baldosas de la rutina. La renta del 1602 era una de esas grietas, un tic en el ojo que le recordaba la tediosa verticalidad del mundo. Entonces, ¡plaf!, la pata de un inmenso cronopio verde sobre la azotea. De repente, todo fue horizontal, o diagonal, o simplemente una mancha contra el azul, y la deuda, ah, la deuda (esa costumbre tan poco parisina de pagar por existir) se deshilachó como una nube de humo en el bar de jazz.
En vivo desde la Zona Cero
—¡Joaquín, te escucho! ¡Aquí Carlos Valente, en vivo desde lo que queda del sur de Manhattan! El panorama, como pueden ver a mis espaldas, es… es simplemente dantesco. Sirenas, humo, y un aire pesado que se impone sobre los gritos.
—¿Qué haces parado ahí afuera, Carlos, quiero imágenes! ¡La gente no quiere ver a los policías! ¡Entra! ¡Apúrate!
La voz de Joaquín retumbaba en su auricular, más aterradora que las sirenas de emergencia. Carlos, con el corazón en la garganta, le hizo una seña a su camarógrafo y se escurrió por debajo de la valla. El aire olía a gas y a concreto pulverizado.
—Estoy dentro, Joaquín… es… es un infierno…
—¡Busca una cara, Carlos! ¡Necesito una cara!
Y entonces lo vio. Un hombre sentado en una viga torcida, con un hilo de sangre en la frente y la mirada perdida. Era él. Era su vecino, pues Carlos también vivía ahí.
—¡Joaquín, lo tengo! —susurró excitado—. ¡Es el del 1602!
Corrió hacia él, el camarógrafo pegado a su espalda. La luz de la cámara hizo que el hombre parpadeara.
—Señor, para Noticiero Central, en vivo. ¿Es cierto que usted debía seis meses de renta?
El hombre lo miró, confundido, como si la pregunta viniera de otro planeta. Asintió lentamente.
—Sí… —murmuró—. No sabía cómo iba a pagar este viernes… y ahora… se cayó.
—¡Corta, corta! —gritó Joaquín en el auricular—. ¡Ponte las pilas, Carlos, eso no sirve! ¡Ve hacia el cráter principal, quiero ver el cráter!
Carlos bajó el micrófono al instante. No tenía tiempo de ver qué podría salvar de la que fue su casa. Seguro nada, era un verdadero desastre. Él y el camarógrafo rodearon al hombre sin dirigirle una segunda mirada, dejándolo solo en su viga, abandonado por segunda vez en menos de una hora.
El vacío infinito
Sentado sobre una viga rota, bajo el cielo abierto donde antes estaba el techo, el inquilino cerró los ojos. El polvo de los escombros era arena en un desierto. Como su hogar.
En su mente revivió la renta, la amenaza, la pérdida. Cuando volteó a mirar la calle, vio el desastre, la ruina de la ciudad, el dolor en tantos rostros.
Entonces alzó la vista hacia la negrura. Y a las estrellas. Millones de mundos, parpadeando por un instante antes de ser devorados por el silencio vasto y eterno. Ahí, solo, en medio de la nada, comenzó a llorar.
Tractatus Logico-Godzillicus
- El mundo es la totalidad de los hechos.
1.1 Un hecho es la existencia de un estado de cosas. 1.2 Estado de cosas (A): Un contrato vincula a un inquilino con un apartamento (el 1602). 1.3 Estado de cosas (B): Un ente (Godzilla) destruye el edificio que contiene dicho apartamento.
- Una proposición con sentido representa un estado de cosas posible.
2.1 La proposición “El inquilino adeuda seis meses de renta” tiene sentido solo dentro del estado de cosas (A).
- Un hecho puede anular las condiciones de otro.
3.1 El hecho (B) elimina las condiciones de existencia para el hecho (A). El edificio, el apartamento y el vínculo contractual dejan de existir. 3.2 Por lo tanto, la proposición sobre la renta ya no puede ser ni verdadera ni falsa. Ha perdido su sentido.
- De lo que no se puede hablar, hay que callar.
4.1 Habiendo perdido su sentido la proposición sobre la renta, sobre esta ya solo corresponde el silencio.